Doscientos años atrás -antes de la Revolución de Mayo y de la revolución científica- no existían los antibióticos, ni la anestesia, ni la antisepsia. Se usaban los desangramientos "depurativos", los ungüentos de mercurio (de alta toxicidad), los emplastos y cataplasmas porque se creía que curaban. Todos eran preparados inútiles. Les tenían terror a la viruela, que había dejado un tendal de muertos en Europa, y a las epidemias de tos convulsa y de sarampión en los niños. Había uno o dos médicos en cada batalla, y los heridos sufrían terriblemente, según narra el pediatra Miguel de Asúa.